Cambios en Perú, ¿hacia dónde?

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Cambios en Perú, ¿hacia dónde?

Cambios en Perú, ¿hacia dónde?

POR SEBASTIÁN SARAPURA (GIEPTALC / UNILA)

El resultado de las elecciones en Perú ha despertado una gran simpatía entre los movimientos populares y organizaciones progresistas del continente. No es para menos. El candidato del partido político Perú Libre, Pedro Castillo Terrones, —un ex dirigente sindical y miembro activo de las rondas campesinas— se enfrentaba a Keiko Fujimori, la hija del ex dictador y preso por delitos de lesa humanidad, Alberto Fujimori. Las trayectorias individuales de ambos candidatos no podrían ser más diferentes. Esto en gran medida explica la expectativa favorable entre los trabajadores y sus organizaciones.

Sin embargo, es necesario afirmar que son peligrosas las lecturas sobre el proceso peruano que se limitan a caracterizar  el triunfo de Pedro Castillo como una conquista de los sectores progresistas y el pueblo peruano contra la ultraderecha neoliberal representada por el fujimorismo. El desarrollo de la lucha de clases en el país andino, así como en toda Nuestra América, es bastante más complejo.

Cuando el pasado 15 de junio, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) confirmó que el candidato de Perú Libre obtenía una diferencia de apenas 44 mil votos frente a la hija del exdictador, los representantes políticos del fujimorismo, así como la propia Keiko Fujimori, iniciaron una campaña para denunciar un supuesto fraude cometido por Perú Libre, en complicidad con los directores del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y de la propia ONPE.

Esta campaña no se ha detenido desde entonces (aunque sí se ha desgastado). Con un escandaloso apoyo de los medios de comunicación burgueses y mediante argucias legales, el fujimorismo presentó pedidos de impugnación de miles de votos provenientes de los lugares más pobres del país. Lugares donde, precisamente, Castillo obtuvo una abismal diferencia contra el fujimorismo. El resultado inmediato de esto ha sido el retraso de la proclamación de Pedro Castillo como presidente de la república y un ambiente de incertidumbre inédito en las últimas tres décadas.

Frente a este escenario, el partido político Perú Libre convocó a la movilización permanente de movimientos sociales y organizaciones sindicales, así como de todos los sectores que tuviesen contradicciones contra el fujimorismo. Esto incluye a una parte de la derecha liberal que defiende la constitución neoliberal de 1993, pero que es contraria a la candidatura de Keiko Fujimori.

La reacción del fujimorismo, si bien con un abrumador apoyo mediático, ha venido perdiendo fuerza con el pasar de los días. Las manifestaciones que viene realizando no han conseguido superar numéricamente a los de Perú Libre y se caracterizan por tener entre sus participantes, principalmente, a sectores de clase media y media alta.

El fujimorismo parece quedarse cada vez más aislado. Un pronunciamiento de la embajada de los Estados Unidos (EE. UU.), publicado el 22 de junio, da su respaldo a las instituciones electorales peruanas, descartando con eso la tesis del fraude. Así mismo, un editorial del diario El Comercio, del día 27 de junio, afirma que detrás de la dilatación del proceso electoral está una “tentativa golpista” encabezada por el fujimorismo. Algo bastante contradictorio si se considera que hasta hace unos días para este mismo diario (y todos los medios bajo su control) no se podía proclamar un presidente hasta que “se aclaren las acusaciones de fraude en mesa”.

El editorial de El Comercio sucede después de que Pedro Castillo le pidiera a Julio Velarde, presidente del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) desde 2006, que se mantuviera en su cargo cuando Perú Libre asuma el control del poder ejecutivo. En un mitin organizado por sus simpatizantes el sábado 26 de junio, Castillo afirmó estar comprometido con el respeto a la “autonomía e independencia” del BCRP. Según declaraciones del jefe del equipo económico de Perú Libre, Julio Velarde se habría reunido con Castillo el lunes 28 y estaría a punto de hacer pública su participación en el futuro gobierno del ex dirigente sindical.

Estos últimos movimientos en el ajedrez político parecerían indicar que la victoria de los sectores populares contra el neoliberalismo está todavía distante. Aunque en sus documentos programáticos el partido político Perú Libre se define  como una organización “marxista, leninista y mariateguista”, su dirección expresa los intereses de la pequeña burguesía. Por eso puede permitirse proponer en ese mismo programa anti-neoliberal y “socialista”, incorporar a sectores “democráticos” de la burguesía nacional (lo que aparece en su programa como “empresariado nacionalista”) y a los pequeños capitales vinculados a la minería ilegal.

Otra expresión de eso, es asumir como ejemplos a la Revolución Ciudadana de Rafael Correa y el proceso progresista encabezado por Evo Morales en Bolivia. Ambos, aun con importantes logros de carácter nacionalista, no rompieron con la estrategia neoliberal de desarrollo y adoptaron un programa neo-desarrollista, es decir, un neoliberalismo con programas sociales.

En términos prácticos esto significa que la intervención política de Perú Libre no considera la contradicción capital-trabajo como eje rector, y, en cambio, adopta una postura estratégica en contra de una fracción de los capitalistas, pretendiendo con ello representar los intereses de las grandes mayorías del país

 A esas dificultades de orden programático e ideológico se le suman las adversidades de la correlación de fuerzas actual y los límites organizativos de la izquierda revolucionaria. El aislamiento del fujimorismo no es solamente el resultado de la movilización popular convocada por Perú Libre. En cambio, expresa también el cálculo político de los principales grupos empresariales del país, la embajada norteamericana y sus operadores políticos de la derecha liberal. Estos sectores apuestan por la cooptación de Perú Libre y Pedro Castillo o su “domesticación” a los moldes de la institucionalidad neoliberal vigente. Algo que parece bastante probable si se tiene en cuenta la ratificación de Julio Velarde en el BCRP. La lucha al interior de la maquinaria estatal tiene un límite objetivo en su carácter clasista. Esa verdad histórica implica que cualquier reforma en favor de los trabajadores requiere, necesariamente, para su conquista, defensa y consolidación de un proceso de movilización de masas que desborde la estrechez inherente al parlamentarismo. Es sobre esta perspectiva que la izquierda revolucionaria tiene que proceder para la coyuntura que se avecina. No sólo en Perú sino en toda América Latina. A fin de cuentas, como decía el viejo Lenin, salvo el poder todo es ilusión

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