La sorpresa de las elecciones en Perú: ¿Hacia un giro progresista?

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La sorpresa de las elecciones en Perú: ¿Hacia un giro progresista?

La sorpresa de las elecciones en Perú: ¿Hacia un giro progresista?

Por Sebastián Sarapura (GIEPTALC/UNILA)

El resultado de las elecciones presidenciales en Perú, llevadas a cabo el domingo 11 de abril del 2021, ha generado una enorme sorpresa para la mayoría de los analistas políticos. Hasta hace una semana, casi ningún pronóstico avizoraba tener a un partido que se define como de izquierda socialista disputando la segunda vuelta. El candidato presidencial por el partido político Perú Libre, Pedro Castillo Terrones, consiguió asegurar su pase con una leve pero considerable ventaja frente a las demás candidaturas en competición. Con 85% de las actas procesadas, la oficina de procesos electorales del Perú (ONPE) coloca a Castillo en el primer lugar con un 18.5% de los votos; le sigue la candidata de extrema derecha Keiko Fujimori con 13.19% y el economista ultraliberal Hernando de Soto con 12.1%.

La fragmentación del voto derechista ha sido una de las principales características de esta atípica elección. Además de Keiko Fujimori y Hernando de Soto, el candidato ultraconservador del partido renovación popular, Rafael López Aliaga, consiguió un nada despreciable 12.7%. En las elecciones anteriores, la derecha peruana apareció menos dispersa y concentró sus electores en no más de 2 candidaturas fuertes. Este hecho es, en parte, expresión de la intensa pugna interburguesa que vivió el país en andino en los últimos años y que explica, por ejemplo, las dificultades de consenso entre el poder ejecutivo y el congreso que llevaron a la salida de tres presidentes el año pasado. La emergencia de nuevos grupos empresariales con capacidad y recursos para disputar cuotas de poder entre sí, pero manteniendo intacta la institucionalidad neoliberal que les permitió crecer, es un elemento ineludible para entender la existencia de varios candidatos con programas parecidos y, no obstante, intereses disímiles.

La izquierda peruana también se presentó fragmentada a la contienda. Lejos de ser una sorpresa, se trató de algo relativamente previsible para quienes acompañaron de cerca las negociaciones en torno a la posibilidad de tener una candidatura común. Los dos principales partidos de izquierda, Perú Libre y Juntos por el Perú, junto a movimientos sociales y agrupaciones políticas más pequeñas, iniciaron conversaciones desde 2019 con miras a los futuros procesos electorales. Esa tentativa, sin embargo, no llegó a buen puerto. Ambas agrupaciones se presentaron por separado en las elecciones congresales de 2020, así como en el último proceso electoral. Las razones de este hecho descansan, en buena medida, en las acusaciones de corrupción en contra de Vladimir Cerrón y en su posterior sentencia por el delito de negociación incompatible a razón de haber favorecido a una empresa en el proceso de licitación pública para la realización de una obra cuando este era gobernador de la región Junín.

La sentencia contra Cerrón, aunque importante, no explica las diferencias entre Juntos por el Perú y Perú Libre. Antes que eso, lo que hubo fueron decisiones tácticas diferentes en la forma de hacer política. Si bien la denuncia contra el líder de Perú Libre era bastante verosímil, no se puede tener certidumbre de que no influenciaran factores de orden político en su sentencia. Todo indica que el alejamiento de Juntos por el Perú responde más directamente a su opción por disputar el electorado de centro y centro izquierda. A lo largo de la última campaña moderaron sus propuestas tanto en lo económico como en lo político, e hicieron un esfuerzo denodado por explicar la viabilidad técnica de su plan de gobierno delante de exacerbados liberales que fungen como entrevistadores en los principales canales de televisión. Esta decisión no rindió los resultados esperados pues la agrupación política progresista terminó en sexto lugar con apenas 7.8%.

Perú Libre, por el contrario, mantuvo su posición abiertamente contestataria a lo largo de la campaña. Con mucho menos exposición mediática, el candidato de dicho partido priorizaría la visita a las ciudades más empobrecidas del interior del país, dejando de lado los grandes centros urbanos como la capital. Todo indica que su crecimiento se debió a ese trabajo de hormiga y a la manutención de un discurso que combina posiciones antisistémicas y de impronta fuertemente nacionalista. Si bien Perú Libre se define como socialista y reivindica las experiencias progresistas latinoamericanas; su candidato, Pedro Castillo, ha tenido posicionamientos abiertamente conservadores en lo relativo a las libertades individuales. En varias declaraciones se mostró en contra del matrimonio igualitario y afirmó ser “pro-vida y pro-familia”. Estas posiciones deben matizarse, pues a nivel programático su agrupación política sustenta que, en última instancia, todas estas propuestas serán deliberadas en una “Asamblea Constituyente con participación popular”.

La irrupción de Castillo dejó descolocados a muchos analistas. Su ascenso debe entenderse en función al hartazgo de la mayoría de los trabajadores peruanos delante de una crisis económica sin precedentes y una emergencia sanitaria que no parecen tener solución a la vista. La enorme brecha entre los grandes centros urbanos y las regiones del interior del país explican en gran medida el desconcierto que generó su pase a la segunda vuelta entre la clase media y alta peruanas. Todo indica que las fuerzas de la derecha unificarán sus fuerzas para combatir a Perú Libre y todo lo que su proyecto político representa.

En ese mismo sentido deben orientarse el conjunto de las fuerzas progresistas. Después de una larga noche neoliberal de 30 años, el Perú podría tener por primera vez un candidato de izquierda elegido democráticamente como presidente. La firme decisión política de cambiar la constitución política fujimorista de 1993 indica que de ganar Castillo se vendrán cambios importantes en materia económica y política. Todo esto en un escenario internacional de profundas transformaciones y reacomodos geopolíticos por la creciente influencia de China en el mundo.

Este entusiasmo totalmente legítimo no debe hacernos perder de vista los límites de una eventual gestión progresista como la que podría encabezar Castillo. La elección de Perú Libre es importante solo en la medida en que permite una mejora considerable de la correlación de fuerzas para la lucha contra el neoliberalismo que tendrá que desarrollarse ineludiblemente en las calles, es decir, fuera de la institucionalidad burguesa. Es importante enfatizar que los trabajadores peruanos deben seguir bregando por su independencia política de clase, más allá de quién sea elegido en la segunda vuelta electoral. Derrotar a la derecha es, en las circunstancias actuales, buscar mejores condiciones para enfrentar al conjunto de los capitalistas y promover reformas urgentes delante de una crisis sin precedentes que mata a miles de peruanos y peruanas todos los días.

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